LA LLAVE DE LA MEMORIA


El anciano invidente, sentado junto al niño, le dice al hombre:

—También los ojos tienen memoria. Conocen muy bien nuestras mentiras y verdades, lo recuerdan absolutamente todo. A veces callan lo que ven; otras, asienten las fantasías que nuestro cerebro ordena relatar a la lengua, al rostro o a nuestras manos.

—Yo lo he olvidado todo ¡Ni un recuerdo! ¿Puede ayudarme, por favor? Tengo poco dinero —dice el hombre.

—No es dinero lo que nos tendrás que dar.

Desesperado el hombre acepta. El niño se sienta sobre su pecho y succiona con sus labios uno de sus ojos. Grita y tiembla el ahora hombre tuerto mientras el chiquillo, acurrucado junto al desmemoriado, le susurra al oído recuerdos perdidos que llenan de lágrimas su otro ojo.

—Es tu pasado, no puedes cambiarlo.

El hombre maldice su vida, al ciego y al niño.

—Prefiero morir.

Finalmente el anciano explica que hay una forma de devolver todos esos retornados recuerdos al olvido. Y sus palabras, oscuras, surgen desde la profundidad de las dos cuencas vacías que iluminan el rostro inocente del niño.

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